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Lunes, 16 de diciembre de 2019

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Publicado en CONSENSO Lunes, 12 de agosto de 2019 00:00

Con la inflación actual, los recientes anuncios de los bancos centrales son mejor que nada, pero podrían ser insuficientes

Miguel Navascués | En mi opinión, el mensaje central de Keynes es que, para los que toman decisiones de inversión, el futuro no se puede reducir a una fórmula de cálculo riesgo, porque siempre existe una zona de incertidumbre (por definición, no calculable), que influye y mucho en las decisiones de gasto: consumo, pero sobre todo, inversión productiva.

 

Esta zona de incertidumbre sólo se puede afrontar por indicios basados en juicios de valor como lo que hacen los demás, el optimismo o pesimismo reinante, y todo aquello subjetivo que ayude a disipar la niebla. No son elementos computables, sino altamente subjetivos pero generalizados. Que un empresario piense distinto de otro no es noticia, pero que todos piensen lo mismo del futuro, ya sea de modo pesimista u optimista, es crucial para la macroeconomía. De ahí viene los ciclos de auges y bajadas, y los golpes financieros como el de 2008.

 

Los economistas de raíz clásica o neoclásica no tomaron en cuenta la diferencia entre riesgo (calculable) e incertidumbre (no calculable, pero muy influyente), y dieron por hecho que el ahorro y la inversión se igualaban al tipo de interés “natural” –en el que Keynes creyó hasta 1936–. Según esta teoría, no podía haber exceso de ahorro sobre la inversión, pues todo ahorro iba a financiar inversión al tipo de interés natural.

 

Keynes separó el motivo de ahorrar del de invertir, y vio con clarividencia que podía haber épocas de pesimismo que llevarán a todos a no invertir y ahorrar en instrumentos líquidos, como vemos que sucede hoy en el mundo. Introdujo el dinero como un activo cuya demanda era muy voluble, según el estado de ánimo de la gente.

 

Hay un exceso de ahorro sobre la inversión que se manifiesta en la preferencia por instrumentos líquidos, como la liquidez y los bonos, a nivel mundial.

 

La preferencia por el ahorro sobre la inversión productiva deriva, pues, de un pesimismo sobre el futuro que retrae el consumo y la inversión.

 

Según algunos comentarios recibidos en un post anterior, la política de dinero barato sería suficiente para que los tipos de interés muy bajos, o negativos, vuelvan a reanimar la inversión. Precisamente Keynes decía que podría no ser suficiente, si masivamente la gente persistía en mantener saldos de instrumentos muy líquidos, pero no acometer proyectos de inversión productiva. En todo caso, él no llegó a imaginar nuca una situación de tipos negativos, que es lo que yo quería comentar como una anomalía no tranquilizadora.

 

No es tranquilizadora porque la curva de tipos de interés plana o incluso descendente afecta seriamente a los resultados bancarios, sobre todo cuando hay tal apatía entre los clientes por demandar crédito –aparte de que el banco puede ser pesimista también sobre el futuro–. No es tranquilizadora, además, porque un tipo de interés negativo significa que la gente paga dinero por prestarlo, lo que es un signo tremendo de pesimismo.

 

Que las bolsas de renta variable estén altas tampoco quiere decir que la inversión es alta, pues son mercados donde juega un papel importante la especulación a corto plazo, independientemente de los fundamentos de la acción.

 

Llevamos más de diez años ensayando políticas monetarias expansivas, y ahora parece que nos adentramos en otra fase similar porque se ven signos de recesión. La opinión de Draghi en la última reunión del BCE fue más que pesimista, y dijo tener preparada una batería de municion de grueso calibre, incluso de compra de bonos, en caso de que la cosa empeore. Idem se puede decir de la FED, que ha bajado los tipos en el FOMC último.

 

Ciertamente que, con una inflación por debajo de lo deseado, éstos anuncios son mejor que nada. Pero eso no quiere decir que vayan a ser suficientes para disipar las nubes y alejar el pesimismo de la mente de los inversores.  

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