Usamos cookies propias y de terceros para mejorar servicios y mostrarle publicidad de su preferencia mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continúa navegando, consideramos que acepta su uso.

Lunes, 18 de noviembre de 2019

Pulse en el valor para ver ratios >

Publicado en GESTORES Viernes, 08 de noviembre de 2019 08:00

Fondos con etiqueta… o con sello de calidad

Manuel Moreno Capa (Director de GESTORES) | Ponerle una etiqueta comercial a un fondo es fácil. Puedes llamar al producto como quieras: de valor o de crecimiento, de seguridad, de patrimonio, activo, multiestrategia, “megatal” o “maxicual”… por recurrir sólo a algunas de las denominaciones más clásicas. Pero llega un momento en que la etiqueta no puede quedarse en eso, en un mero nombre comercial, sino que debe convertirse en un auténtico sello de calidad. Y para ganarse ese sello de calidad, hay que demostrar esa calidad y alguien independiente tiene que certificarla.

 

Para eso ha elaborado la Unión Europea una auténtica taxonomía que permite aplicar correctamente a los fondos de inversión una de las etiquetas en boga, la de ISR (inversión sostenible y responsable).

 

“El objetivo último es poner a disposición de emisores e inversores una herramienta de clasificación que ayude a analizar la sostenibilidad de las inversiones potenciales”, explica Paula Mercado –directora de análisis de VDOS Stochastics– en el último número de la revista GESTORES, recién publicada con el mensual CONSEJEROS de octubre.

 

Esta taxonomía, entre otras cosas, analiza más de seiscientas actividades económicas, con el propósito de constituir la base para futuras normas y etiquetado de productos financieros sostenibles.

 

Con este y otros controles, como los puestos en práctica por las mismas gestoras, “es prácticamente imposible que un fondo presuma de ser socialmente responsable sin serlo realmente”, afirma, también en GESTORES, Sebastián Velasco, director general de Fidelity International para España y Portugal.

 

Esta creciente regulación del etiquetado no es nueva. Se aplica a multitud de sectores económicos. No puedes decir que un alimento está libre de gluten y lactosa sin demostrarlo ante las autoridades de consumo competente. Cuídate de afirmar que tu coche emite poquísima porquería a la atmósfera sin superar los crecientes test de control (por cierto, cada vez más estrictos, vistos los fraudes recientes).

 

Sin embargo, entre los productos financieros venimos de épocas en que, por más que los reguladores analizaran supuestamente con lupa las etiquetas y la publicidad ligada a ellos, escuchabas afirmaciones sorprendentes, de entidades que prometían y/o garantizaban grandes rentabilidades sin riesgo, liquidez en cualquier circunstancia, jubilaciones con pensiones de lujo o todo tipo de fórmulas mágicas a las que confiar tu dinero.

 

La magnífica idea de elaborar una taxonomía europea para supervisar la inversión socialmente responsable quizás debería ampliarse a otras etiquetas habituales en la inversión colectiva. Y que nadie me acuse de reclamar un exceso de regulación, porque ya hemos visto lo que ocurre cuando se confunden churras con merinas, “subprime” con emisiones triple A o incluso cuando se llama “preferente” a un producto claramente peligroso.